Wednesday, November 24, 2010

Palabras a la aridez, Cintio Vitier


Palabras a la aridez

No hay deseos ni dones que puedan aplacarte.
Acaso tú no pidas
(como la sed o el amor)
ser aplacada.
La compañía
no es tu reverso arrebatador,
donde tus rayos,
que se alargan asimétricos y ávidos por la playa sola,
girasen melodiosamente
como las imantadas puntas de la soledad
cuando su centro es tocado.
Tú no giras ni quieres cantar,
aunque tu boca de pronto es forzada a decir algo,
a dar una opinión sobre los árboles,
a entonar en la brisa que levemente
estremece su grandioso silencio,
una canción perdida, imposible,
como si fueras la soledad, o el amor, o la sed.
Pero la piedra tirada
en el fondo del pozo seco,
no gira ni canta;
solamente a veces,
cuando la luna baña los siglos,
echa un pequeño destello como unos ojos
que se abrieran cargados de lágrimas.

Tampoco eres una palabra,
ni tu vacío quiere ser llenado con palabras,
por más que a ratos ellas amen tus guiños lívidos,
se enciendan como espinas en un desértico fuego,
quieran ser el árbol fulminado,
la desolación del horno,
el fortín hosco y puro.
No, yo conozco tus huraños deseos,
tus disfraces.
No he de confundirte con los jardines de piedras
ni los festivales sin fin de la palabra.
No la injurio por eso.

Pero tú no eres ella,
sino algo que la palabra no conoce,
y aunque de ti se sirva, como ahora, en mí,
para aliviar el peso de los días,
tú le vuelves la espalda,
le das el pecho amargo,
la miras como a extraña,
la atraviesas sin saber su consistencia ni su gloria.
La vacías.
No se puede decir lo que tú haces
porque tu esencia no es decir ni hacer.
Antigua, estás, al fondo, y yo te miro.
Todo lo que existe pide algo.
La mano suplicante
es la sustancia de los soles y las bestias;
y de la criatura que en el medio es el mayor escándalo.
Sólo tú, aridez,
no avanzas ni retrocedes,
no subes ni bajas,
no pides ni das, piedra calcinada,
hoguera en la luz del mediodía, espina partida,
montón de cal que vi de niño
reverberando en el vacío de la finca,
velándome la vida,
fondo de mi alma, ardiendo siempre,
diurna, pálida, implacable, al final de todo.
Y no hay reposo para ti, única almohada
donde puede mi cabeza reposar.
Y yo me vuelvo
de las alucinantes esperanzas que
son una sola,
de los actos infinitos del amor
que son uno solo,
de las velocísimas palabras devorándome
que son una sola,
despegado eternamente de mí mismo,
a tu seno indecible,
ignorándolo todo,
a tu rostro sin rasgos,
a tu salvaje flor,
amada mía.

Cintio Vitier

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