Saturday, November 27, 2010

Juan Clemente Zenea


¡Memorias tuyas! ¡Y llorar piadosa!,
es recordarme en horas de martirio
mis muertas horas de descanso y calma,
y hablarme de una noche deliciosa,
de un beso, una lágrima, un delirio,
de la primera convulsión de un alma.

Del baile y de emociones fatigados,
salimos al jardín a errar dichosos;
enfrente de un ciprés nos detuvimos,
y en el sabroso platicar, sentados
al pie de unos resales olorosos,
¡oh, que cosas tan dulces nos dijimos!

Tu juventud con sus brillantes galas,
la música, tu voz, el claro cielo,
la presión de tu mano,
el céfiro noctivago en sus alas
débil hurtando en perezoso vuelo
los últimos aromas del verano,
todo alentaba la pasión ardiente;

Y alarmados, mujer, nuestros sentidos,
en busca de suspiros anhelantes,
hubo una vez en que al alzar la frente
mis labios atrevidos
tocaron en tus labios palpitantes.

Tocaron nada más. Firme constancia
me prometiste, y sin temor de engaños,
nos descubrimos el pasado entero:
alegres juegos en tu fresca infancia
y un ángel hechicero
todo el querer de mis floridos años.

"Infelice de mí!" -clamaste ansiosa-.
"¡Te quiso otra mujer! ¡Oh, suerte impía!"
Y te angustiaste al escuchar su nombre;
y entonces fue la lágrima copiosa,
cuando entendiste que albergar podía
más de un amor el corazón del hombre.

Viajando libre, a su placer perdido,
mi espíritu en el éter se espaciaba
por los orbes de luz del firmamento,
y algo pálido, azul, indefinido,
las auroras eternas presagiaba
y la vida inmortal del pensamiento.

Ingenua, melancólica, sensible,
mirándome inocente,
en mí depositaste tu confianza,
y en la mar bonancible
de la plácida edad adolescente
sus áncoras lanzó nuestra esperanza.

En presencia de Dios, con un suspiro,
dejamos el ciprés y los rosales,
y al vals animador tornando luego
sentimos las esferas celestiales
que en torno nuestro en caprichoso giro
volaban en atmósfera de fuego.

Después los votos, el adiós, la cita;
y más tarde la esquela,
al cauteloso conversar a solas;
tribulaciones e ilusión marchita,
un drama, una novela,
un gran naufragio en las mundanas olas.

Para nunca, jamás, volver a verte
los hados implacables
entre nosotros dos, dando un gemido,
como abriendo los antros de la muerte,
nos abrieron abismos insondables
de soledad, separación y olvido.

Y así llegar he visto prematura
mi estación del otoño; se detienen
las aguas al helarse en las orillas,
corona ya las cumbres nieve pura,
y a todo su correr, rápidos vienen
los tiempos de las hojas amarillas.

Friday, November 26, 2010

Juan Clemente Zenea


V

Con su voz infantil, voz deliciosa
que vibra en mis oídos todavía,
al llover de la nieve silenciosa
libros de cuento mi Piedad leía.

Al pie de la caliente chimenea
yo al ver su rostro satisfecho estaba;
y mi santa mujer, ¡bendita sea!,
allí a su lado en su labor pensaba.

Ayer así nos contemplaba el cielo;
y hoy en mi hogar las desventuras moran,
ellas suspiran en extraño suelo
y mi destino y mi tormento ignoran.

Y yo al recuerdo de mis horas bellas
no se si viven mientras yo no muero;
¡y aquí pensando sin cesar en ellas
el fin del drama en la prisión espero!




Thursday, November 25, 2010

Desnudo en sombra, Almudena Guzmán


Volverse a enamorar.
Besar una piel que sabe distinto,
no encontrar puntos de referencia
que indiquen el momento justo,
la caricia perfecta,
la mano compañera.
Retornar a un cuerpo nuevo
sin los huecos del anterior,
no poder palpar una nuca excitada,
una espalda con escalofríos conocidos.
Qué pobre se queda el intento de amar igual a la primera vez.
Cómo pesa una boca tan sabida,
tan llena de humo compartido
ante la desconocida tan poco explorada, tan miedosa.
Cuánto cuesta abandonarte, lavarme de tu olor,
quitarme las huellas de tu peso,
desdoblarme en otra Almudena
y comenzar a hacer mía una figura
de la calle que me asusta y que ¿quiero?
poseer, pero... tú, ahí estás tú,
traspasando con tu desnudo mi sombra,
consolándome pesaroso de mi dolor al terminar,
tu sonrisa y tu cigarrillo,
ese brazo moreno rodeando mi cintura
y llevándome a un lecho desordenado...

y tus manos de violinista
volando y enredándose en mis senos.

Wednesday, November 24, 2010

Palabras a la aridez, Cintio Vitier


Palabras a la aridez

No hay deseos ni dones que puedan aplacarte.
Acaso tú no pidas
(como la sed o el amor)
ser aplacada.
La compañía
no es tu reverso arrebatador,
donde tus rayos,
que se alargan asimétricos y ávidos por la playa sola,
girasen melodiosamente
como las imantadas puntas de la soledad
cuando su centro es tocado.
Tú no giras ni quieres cantar,
aunque tu boca de pronto es forzada a decir algo,
a dar una opinión sobre los árboles,
a entonar en la brisa que levemente
estremece su grandioso silencio,
una canción perdida, imposible,
como si fueras la soledad, o el amor, o la sed.
Pero la piedra tirada
en el fondo del pozo seco,
no gira ni canta;
solamente a veces,
cuando la luna baña los siglos,
echa un pequeño destello como unos ojos
que se abrieran cargados de lágrimas.

Tampoco eres una palabra,
ni tu vacío quiere ser llenado con palabras,
por más que a ratos ellas amen tus guiños lívidos,
se enciendan como espinas en un desértico fuego,
quieran ser el árbol fulminado,
la desolación del horno,
el fortín hosco y puro.
No, yo conozco tus huraños deseos,
tus disfraces.
No he de confundirte con los jardines de piedras
ni los festivales sin fin de la palabra.
No la injurio por eso.

Pero tú no eres ella,
sino algo que la palabra no conoce,
y aunque de ti se sirva, como ahora, en mí,
para aliviar el peso de los días,
tú le vuelves la espalda,
le das el pecho amargo,
la miras como a extraña,
la atraviesas sin saber su consistencia ni su gloria.
La vacías.
No se puede decir lo que tú haces
porque tu esencia no es decir ni hacer.
Antigua, estás, al fondo, y yo te miro.
Todo lo que existe pide algo.
La mano suplicante
es la sustancia de los soles y las bestias;
y de la criatura que en el medio es el mayor escándalo.
Sólo tú, aridez,
no avanzas ni retrocedes,
no subes ni bajas,
no pides ni das, piedra calcinada,
hoguera en la luz del mediodía, espina partida,
montón de cal que vi de niño
reverberando en el vacío de la finca,
velándome la vida,
fondo de mi alma, ardiendo siempre,
diurna, pálida, implacable, al final de todo.
Y no hay reposo para ti, única almohada
donde puede mi cabeza reposar.
Y yo me vuelvo
de las alucinantes esperanzas que
son una sola,
de los actos infinitos del amor
que son uno solo,
de las velocísimas palabras devorándome
que son una sola,
despegado eternamente de mí mismo,
a tu seno indecible,
ignorándolo todo,
a tu rostro sin rasgos,
a tu salvaje flor,
amada mía.

Cintio Vitier

SABERTE AQUÍ..., Mario Benedetti


Podés querer el alba
cuando quieras
he conservado intacto
tu paisaje
podés querer el alba
cuando ames
venir a reclamarte
como eras
aunque ya no seas vos
aunque mi amor te espere
quemándose en tu azar
y tu sueño sea eso
y mucho más
esta noche otra noche
aquí estarás
y cuando gima el tiempo
giratorio
en esta paz ahora
dirás
quiero esta paz
ahora podés
venir a reclamarte
penetrar en tu noche
de alegre angustia
reconocer tu tibio
corazón sin excusas
los cuadros
las paredes
saberte aquí
he conservado intacto
tu paisaje
pero no sé hasta dónde
está intacto sin vos
podés querer el alba
cuando quieras
venir a reclamarte
como eras
aunque el pasado sea
despiadado
y hostil
aunque contigo traigas
dolor y otros milagros
aunque seas otro rostro
de tu cielo hacia mí.


Mario Benedetti